La relación México-Estados Unidos peor que nunca

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El Presidente de los Estados Unidos de Norteamérica, Donald Trump, no es un político, es un despiadado “hombre de negocios” que llegó a la posición que hoy ocupa con el único y claro propósito de conseguir los mejores tratos posibles para su país -y quizá para su beneficio personal- sin importar las medidas que se utilicen. Es un hombre acostumbrado a uso de la fuerza política y económica para lograr sus objetivos, y eso ha incluido siempre el considerar a las personas como moneda de cambio y negociación.

En su relación basada estrictamente en intereses con México, Trump encontró en Peña Nieto un Presidente débil, sumiso, entreguista y más preocupado por sus beneficios personales que por el bienestar y la protección del pueblo y sus riquezas. Un gobierno tan débil que fue incapaz de controlar a sus propios empresarios, quienes no cedieron ante la exigencia de EU y Canadá de aumentar los salarios, lo que llevó a Trump a suspender las negociaciones del TLCAN.

Pero esto no impidió a Trump utilizar otros métodos de presión contra México para conseguir beneficios y, utilizando a seres humanos como mercancías, procedió a dictar medidas de “tolerancia cero” a la inmigración ilegal a los Estados Unidos desde el pasado 7 de Mayo y amparado en la propia ley norteamericana que impide que menores de edad sean encarcelados por este motivo, procedió  una medida vil, ruin y violatoria de los más elementales derechos humanos, separando a menores de sus padres y confinando a éstos seres indefensos en jaulas, cual si de animales se tratara.

La reacción de repudio a estas medidas dentro y fuera de los Estados Unidos fue una clara, contundente e inmediata condena internacional, excepto por México cuyos ciudadanos eran los directamente afectados. La respuesta del gobierno de Peña fue tibia y timorata, casi un ruego, para luego ceder a lo que verdaderamente buscaba Trump, que era alguna argucia legaloide del gobierno mexicano que permitiera la privatización del agua, imprescindible para las empresas norteamericanas de la fabricación de cerveza, del refresco embotellado y, sobre todo de la industria de la extracción del gas y el petróleo por el método de fracturación hidráulica, mejor conocida como “fracking“.

Pero el gobierno de Peña fiel a su perversa manera de actuar demostrada en los cinco años de gobierno precedentes, y viendo la oportunidad de beneficiarse con esta medida, abrió también las puertas a la privatización del agua para uso doméstico por medio del mismo esquema de “concesiones” que ahora pueden utilizar con las grandes empresas, completando así el ciclo que priva de el derecho humano al agua consagrado en el artículo cuarto constitucional.

La respuesta de Trump a esta completa rendición de Peña fue el decreto que revoca la separación de menores de sus padres expedido el 20 de junio, pero solo para lanzar un nuevo ataque con la amenaza de la creación de verdaderos campos de concentración al más puro estilo de la Alemania Nazi, enviando a los migrantes a bases militares a las que obviamente los medios no tendrán acceso y por la tanto difícilmente podremos conocer las condiciones de su encierro.

A este nuevo atentado contra nuestros paisanos, Peña no solo no protestó enérgicamente defendiéndolos, sino que concede la firma de un decreto muy ansiado por el gobierno de Trump, que delimita la frontera con los EU en el Golfo de México y que nos deja prácticamente fuera de los enormes yacimientos de petróleo en aguas profundas, cancelando con esto en los hechos, la autosuficiencia energética futura para México.

La buena noticia es que el Presidente Peña fue incapaz de lograr un consenso en el Congreso para que estos atentados contra los derechos humanos y los bienes de la Nación fueran expedidos como leyes, obligándolo a promulgar decretos, por lo que no son un daño irreversible, pero sin tendrán un gran costo político, sobre todo en la relación bilateral con los Estados Unidos, ya de por sí difícil. Peña deja un país en desventaja, arrodillado frente a los intereses norteamericanos protegidos por un presidente agresivo e insensible, condiciones que tendrá que enfrentar el nuevo gobierno con determinación, astucia y firmeza, pero sin bravuconería.

Siendo que lo más probable es que este nuevo gobierno sea encabezado por Andrés Manuel López Obrador, requerirá de todo el apoyo del Congreso y de todos los mexicanos para enfrentar a un presidente como Trump y revertir todo el daño causado por éstas y otras muchas medidas que en los últimos gobiernos han tomado y que afectan profundamente la libertad, la equidad y la justicia para todos los mexicanos.